Venezuela: sobrevivir al poder
- Pablo Aguirre Solana
- Jan 10
- 4 min read
A mis panas aquí y allá

“Tierras propicias al bárbaro brote, tierras que vuelcan el fondo del alma y abren la jaula a los pájaros negros de los torvos instintos”[1]
El absurdo Estructural
En Guerra y Paz, Tolstói reflexiona ampliamente sobre un absurdo de nuestra condición: el destino de miles de individuos y de pueblos a merced del poder de uno –o de unos pocos–, no como excepción trágica, sino como rasgo estructural de la historia de los hombres.
Estar a merced de un poder que abruma, niega y domina, no encierra solo lo absurdo; encierra también el drama.
Este drama es el que encuentro difícil de justificar, de explicar y de relatar. Es el drama de varias existencias entrelazadas con la mía, que no encuentra puntos de concordancia ni asideros conceptuales. Es el dolor descubierto y desnudo del despojo: pérdida bruta, voluntad negada, horizonte truncado.
El poder de un solo hombre —o de unos cuantos— es dolor generalizado: expulsión involuntaria, pérdida de intención, sujeción del deseo, nostalgia permanente. Esta tragedia no elegida es un acto de sobrevivencia superlativo que ningún libro de ciencia política describe. Aquí la causalidad se revela no como racional, ni progresiva, sino absurda y opaca.
La historia se divide en ejemplos, la psicología cultural en modelos reflexivos, la antropología social en patrones. Pero ¿cómo cuantificar ese dolor?, ¿cómo atestiguar ese drama?, ¿cómo conceptualizar la tragedia?
Ese drama es presencia, testimonio, relato y experiencia límite.El drama del poder de un solo hombre —o de unos cuantos— es, en última instancia, la ontología de sobrevivir al poder. Cómo el ser persiste cuando el poder lo despoja.
La Expulsión

Ocho millones de almas expulsadas del paraíso[2], —de su paraíso—: madres, hermanos, hijos, sobrinos, vecinos. Un río humano que cruza la selva del Darién para eludir la carestía, la persecución, los sueños truncados y la asfixia latente de no poder ser su propio destino.
La magnitud de la odisea no solo es impacto migratorio o geopolítico, es la agregación de historias disímiles pero concatenadas, ligadas por la esencia de su invisibilidad y por la profundidad de sus pérdidas.
Para el poder de un solo hombre —o de unos cuantos— son sólo números que no cuadran con el relato. Cifras que confirman la certeza histórico-moral del régimen. Ese poder aspira a reorganizar no solo la narrativa, sino el espacio social para que nadie confíe en nadie, elimina la individualidad y el juicio. Quien no entra en esa masa, queda sólo. El exilio empieza antes de la frontera con Cúcuta.
El idealismo colectivo se vuelve promesa de redención y teología de bolsillo. La lógica de la reingeniería social sustituye la capacidad de dudar e imaginar por la infalibilidad de una ideología intoxicada. El individuo ya no es un fin: es un medio.
Fundirse con el chavismo libera a muchos; con el tiempo, esa comunión emancipadora se torna en una gran cárcel colectiva. La promesa igualatoria se traiciona a sí misma, se perpetua y se acentúan las asimetrías sociales.
La descarga fundacional del poder de un solo hombre —o de unos cuantos—, en su afán renovatorio, termina por destruir los últimos vestigios de desarrollo, la expulsión se consuma y el exilio deja abierta la herida. En el seno del régimen hay una pulsión nihilista: es preferible la nada a ser enemigo del pueblo, a ser lo otro.
Carnaval y Resistencia

Veintisiete años sin disenso. La deliberación existe, pero ocurre en las calles de Petare y de todo el país: como baile y bochinche en perpetuo carnaval. La risa, la desinhibición, el desenfado, la celebración, son formas de resistencia y estoicisimo.
Mis panas, con ese trato sedoso y afable, con ese acento azucarado y suave, sin eses ni erres, con su castellano adornado, lleno de florituras y barroquismos, sobreviven en el exilio o en el encierro a partir de la fiesta; la festividad ahoga lo ineluctable y terrorífico de su existencia. El baile ahoga el llanto y se vuelve catarsis.
Nadie baila como los venezolanos. La democracia la ejercen en la fraternidad de la rumba, la danza y la celebración. No les queda más.
En este suelo, batido entre la civilización y la barbarie, como advirtió Rómulo Gallegos, al poder omímodo siempre le brota una resistencia, sea la indiferencia, sea el baile, sea la fiesta, sea la huida, sea el eco de la diáspora.
El dolor muta y se convierte en una capa epidérmica de la psicología colectiva. En esta tierra de médanos, dunas y aguas cristalinas hay un límite para la felicidad y un límite para el sufrimiento; la vida sigue, interrumpida, pero sigue. Ahí quizá la tragedia de mis hermanos en Acarigua y Falcón.
En las montañas de Mérida, en la isla de Margarita, en las calles de Maracay, aprenden de la tragedia el arte forzado de sobrevivir, con melancolía inmersa en danza y algarabía.
La materialidad del Poder

El poder es causalidad. Como el agua que se precipita desde el Salto Ángel, no requiere voluntad ni argumento: cae por altura, arrastra por gravedad. No elige: erosiona, golpea, ejerce fuerza en movimiento. Solo otro poder de igual magnitud es capaz de interrumpirlo —¿Hay margen para algo más o esta es la deriva inevitable del poder? —
Lo que desnuda ese poder no es solo lo absurdo de nuestra condición, sino el dolor humano: la interrupción sistemática de la vida. En ese corte —en esa fractura— la mera sobrevivencia deja de ser pasiva y se vuelve un acto heroico.
El poder de uno —o de unos pocos—no se corrige ni se disciplina: se arrebata, se quiebra, se fractura. No hay una ética en su caída; hay necesidad, intereses, cálculo, implosión, ruptura. Su materialidad es suficiente para develar su irracionalidad y lo insensato de su justificación.
Al principio no está el verbo, sino el poder en su forma más cruda. Ni la historia ni nuestra condición ofrecen garantías. Venezuela es una prueba palpable de ello.
[1] Rómulo Gallegos, Las tierras de Dios, en Domingo Miliani, “Introducción a* Doña Bárbara*”, Madrid, Cátedra, 2023, p. 81.





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