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Pensar en Dios

  • Writer: Pablo Aguirre Solana
    Pablo Aguirre Solana
  • 6 hours ago
  • 5 min read

Para aquellos que no dejan de dudar y creer.




Hay preguntas que nos marcan, preguntas que parecen interminables. Se repiten con distintas voces, en distintos siglos, culturas y tiempos, como espirales que se niegan a perecer y que no podemos dejar ir.


¿Por qué hay un universo?


Es, quizás, la pregunta más antigua que tenemos, y también la más persistente. Desde los griegos hasta los físicos cuánticos de hoy, desde los aztecas hasta los primeros cristianos, esta interrogante ha sido una constante en el tejido de lo humano. Lo que varía son las respuestas; lo que permanece es la necesidad de preguntar. Tal vez esa necesidad no busca tanto una respuesta final como una forma de habitar el misterio que nos rodea.


Esa necesidad no es únicamente lógica. Nace antes que el argumento: nace como asombro, como esa sensación extraña de estar en el mundo sin saber del todo por qué. Es un impulso que se siente antes de articularse y que, al hacerlo, toma la forma de filosofía, de religión, de ciencia. A eso me refiero cuando hablo de una necesidad existencial: no solo la exigencia racional de una causa, sino la experiencia vivida de quien se pregunta cuál es su lugar en todo esto.


El teísmo es una de las respuestas más poderosas que la humanidad ha construido. Dios, en las grandes tradiciones monoteístas —el judaísmo, el cristianismo, el islam—, es un ser personal, incorpóreo, omnipotente, omnisciente, eterno, perfectamente libre y perfectamente bueno. Es, en pocas palabras, la causa que no necesita causa: aquello que está fuera del mundo físico y que, precisamente por ello, puede explicar por qué existe el mundo físico. Ante la pregunta de por qué hay algo en lugar de nada, Dios aparece como una respuesta que lo abarca todo, como totalidad.


Y sin embargo. Porque siempre hay un “y sin embargo”.


Kant nos recuerda que la existencia no es una propiedad. No podemos derivar el ser de una cosa a partir de su concepto, por más absoluto que ese concepto sea. Que Dios sea definido como necesario no significa que exista necesariamente —al menos no sin un salto que la lógica sola no puede dar. Esto no niega a Dios; simplemente nos dice que el concepto no es suficiente para cerrar el argumento.


Luego está el orden. El universo parece tenerlo: las leyes biológicas se explican por las químicas, las químicas por las físicas, y las físicas… ¿por qué? El orden sugiere un diseñador. La idea de un diseñador conduce a Dios. Pero hay una distancia enorme entre que una idea se vuelva coherente y que la realidad la confirme. El orden del universo hace más pensable la noción de Dios; no la demuestra.


Y luego está el ajuste fino, ese dato que la cosmología moderna ha puesto sobre la mesa y que no es fácil de sacudir: los parámetros iniciales del universo, los que gobernaron su evolución tras el Big Bang, parecen caer dentro de un rango extraordinariamente estrecho, el único compatible con la aparición de vida. La pregunta es inevitable: ¿quién calibró esas condiciones? Podría haber sido Dios. Pero también podría ser que vivamos en uno de entre infinitos universos posibles —un multiverso— y que, por selección, habitemos precisamente el que permite la vida. ¿Qué es más probable: un universo con Dios, o muchos universos sin él? La pregunta no desaparece; se bifurca.


Leibniz formuló el problema con una precisión que todavía incomoda: todo lo que es de cierta manera, pero podría haber sido de otra, requiere una razón suficiente para ser como es. El universo es contingente —podría no haber existido— y, por tanto, exige explicación. Pero si esa explicación es otra cosa contingente, entonces también ella exige explicación, y así ad infinitum. Es como una matrioska: cada muñeca contiene otra, y otra, y otra, hasta que ya no hay más muñecas y uno se queda con las manos vacías. Dios entra aquí como el punto de parada, como aquello que es necesario y no contingente, el fondo donde el regreso infinito se detiene.


Pero incluso eso puede cuestionarse. Si Dios detiene el regreso, ¿lo explica realmente, o simplemente lo nombra? ¿No es posible que la exigencia de explicación persista incluso ahí, y que lo que llamamos Dios sea el lugar donde decidimos dejar de preguntar, más que el lugar donde la pregunta se responde?


Lo que revela el análisis de estas posibilidades —como muestra, entre otros, T. J. Mawson— es que ni las explicaciones teístas ni las no teístas cierran completamente el asunto. Ambas dejan abierta la demanda de explicación. El universo sigue siendo, después de todos los argumentos, algo que insiste en ser comprendido, más allá de Dios y de la ciencia.


La idea de Dios, entonces, no implica necesariamente resolver el misterio del universo, sino elegir cómo habitarlo.


Aquí es donde la cuestión se vuelve más interesante, y más íntima. Porque quizá el problema no reside solo en la solidez de los argumentos, sino en algo anterior a ellos. El principio de credulidad —esa idea de que debemos confiar en las apariencias mientras no tengamos razones para dudar— sugiere que ciertas creencias pueden estar justificadas sin necesidad de una prueba definitiva. La fe no es irracionalidad: es una apuesta existencial, un compromiso con aquello que, aunque no pueda demostrarse del todo, se experimenta como verdadero. Creer en Dios es, en este sentido, menos un ejercicio lógico que un acto de confianza.


Y antes incluso de la elección, está la experiencia. Heidegger habló del Dasein —del ser-en-el-mundo— como una condición previa a toda formulación racional. Antes de pensar en Dios, uno ya está arrojado al mundo: sin haberlo pedido, sin instrucciones, expuesto. Esa exposición puede vivirse como angustia. Y esa angustia no se resuelve con argumentos; es una forma de estar. La pregunta por el universo no surge solo en los libros de filosofía: aparece en la madrugada, en el silencio, en esos momentos en los que pesa el hecho mismo de estar aquí.


Esa condición puede experimentarse también como necesidad de Dios: no como conclusión de un razonamiento, sino como respuesta a una apertura que nos atraviesa antes de que podamos nombrarla. Algo irrumpe. Después lo representamos —con ciencia, con religión, con arte—, pero el espacio que se abre es anterior a todas esas representaciones. Es la necesidad de cerrar la pregunta, que paradójicamente permanece abierta.


Así que aquí estamos: con una pregunta que no cesa, con argumentos que no bastan, con una fe que no es irracional pero tampoco demostrable, y con una condición existencial que nos hace sentir la pregunta antes de formularla. Ni el teísmo ni sus alternativas dan una respuesta final al porqué del universo. Lo que ofrecen, en el mejor de los casos, es una forma de habitar la pregunta.


Wittgenstein sugirió que el sentido del mundo debe encontrarse fuera de él. No dentro de sus hechos ni de sus leyes, sino en algún lugar que la lógica no alcanza a señalar. Quizá eso es lo que esta pregunta ha intentado decirnos desde siempre: que hay algo en nosotros que mira más allá de todo lo que existe, buscando algo que ninguna respuesta termina de satisfacer. Dios aparece entonces como la respuesta más inmediata e imperecedera: refugio frente a la incertidumbre, impulso ante la apertura, ilusión necesaria para algunos, sentido de vida para otros.


Creer en Dios no es resolver el misterio del universo, sino elegir cómo habitarlo.


Pero incluso ahí, la pregunta no se cierra. Y esa búsqueda —incómoda, persistente, irresoluble— es ya, en sí misma, la condición que nos define, parte de lo que somos: un espacio abierto, un misterio inexpugnable.

 








Referencias:


T. J. Mawson, Belief in God: An Introduction to the Philosophy of Religion (Oxford: Oxford University Press, 2005)

Martin Heidegger, ¿Qué es la metafísica? (Madrid: Alianza Editorial, 2022)

Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus (Madrid: Alianza Editorial, 2012), §6.41.

 

 

 
 
 

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