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Guerra y Paz, como desmontaje de la ilusión de control.

  • Writer: Pablo Aguirre Solana
    Pablo Aguirre Solana
  • 1 day ago
  • 4 min read

Para mi madre, lectora ávida, institutriz insuperable, ella me enseñó a leer.




Me llevó siete semanas leer Guerra y Paz de León Tolstói, un tiempo considerable, pero quizás uno de los mejores tiempos perdidos; tiempo que no se recupera, salvo como experiencia interior. Al leerlo, no paraba de hacerme la pregunta de ¿qué sentido tiene leer esto hoy si el mundo ha cambiado tanto desde 1869?  No sé si al final logré responder esa pregunta, pero en el camino me topé con algo que penetró en mí: la ilusión que tengo a veces, de estar en total control de lo que hago y del curso de los acontecimientos.


Ese tiempo perdido, sin duda, fue un enorme espejo para verme reflejado, no en una instancia meramente yoica, sino como parte de un conjunto más grande. Cada página era una pintura: composición equilibrada de colores vibrantes, un paisaje en el que uno termina viéndose a sí mismo y a los demás, sin que importe cuántas épocas han transcurrido.


Este espejo, además de ser paisaje, es camino, camino que han recorrido otros hombres que fueron y que seguimos siendo, en lo esencial. La novela nos revela un misterio fundamental a la hora de recorrer ese camino: ¿quién dirige realmente todo?


La novela responde ese enigma parcialmente, a partir de su respiración. Una respiración particular que, progresivamente se vuelve la de uno. Un tempo propio: ritmo azaroso, incierto, vaivén asimétrico de fortuna e infortunio. Esa respiración se experimenta como metáfora de la vida, donde nuestras certezas, convicciones y deseos se doblegan ante lo inexpugnable de los hechos.


Hay una ironía triste en saberse ignorante ante lo inevitable: que todo pase en un pestañear y no poder hacer nada. Andrei Bolkonsky, que lo tuvo todo, acabó convertido en un recuerdo doloroso para quienes lo amaron. Pierre Bejuzov, en cambio, pareció encontrar en la guerra no la desgracia, sino una extraña liberación interior. Ninguno sabía lo que el tiempo les deparaba y, sin embargo, más de una vez escucharon una voz interior que confundieron con dirección, como si su voluntad fuera causa y no más que una pieza de un movimiento más grande e incierto. ¿Cuántas veces somos Andrei o Pierre en nuestras propias vidas y en la de quienes nos rodean?


La distancia entre lo que los personajes de Tolstói anhelan y lo que realmente les sucede es el espacio donde la existencia —nuestra existencia— libra una de sus batallas verdaderas: la persistente tentación de creer que nuestra voluntad es causa y no apenas una ficha más del movimiento. Es un litigio cíclico y perenne que no se agota con el paso del tiempo. Ahí yace, me parece, la nostalgia implícita de la novela: ese ver pasar lo efímero —e insustantivo— de nuestras verdades, anhelos y voluntades, y la pequeñez de todo ello frente a una magnitud incomprensible que nos rebasa, mientras seguimos aferrados a la ilusión de que todo está bajo control.


Esta ilusión de control, en Tolstói, no pretende cerrar el arco de la vida en un determinismo teológico. La novela habla sin decirnos explícitamente todo; ahí reside el genio del autor. Descubrí en ella que el arte puede desnudar sin enunciar, que es capaz de construir un sistema filosófico sin axiomas ni proposiciones, tan solo con metáforas y paisajes, y con el espejo constante de vernos reflejados en la vida de sus personajes: el arte como reflejo, como revelación silenciosa que nos confronta con nuestra propia mortalidad.


El significado que rescato de la novela es esta progresión de reflejos, verdades, paisajes, develaciones, que no pretenden grandilocuencia, salvación ni redención; por el contrario, nos muestra en nuestra naturaleza más cruda, honda e inobjetable. Revela la falsa ilusión de que nuestra voluntad como causa es un poder definitorio, de que la voluntad al final es destino. “Querer no necesariamente es poder”, y Tolstói no se interna en una discusión ético-moral sobre la capacidad de actuar y decidir. Lo que hace, en cambio, es poner el dedo sobre la llaga y describe el absurdo de la idea de creer que un hombre, una familia, un pueblo, la historia, la política o la tradición son vehículos únicos de transformación, cambio y suerte. La primacía de la contingencia se antepone a la ilusión de una voluntad inquebrantable.


Contingencia que desarma el mito del cambio histórico como voluntad de un hombre y de un gran ejército, contingencia que rompe el poder de decidir sobre la propia vida. Personajes históricos y ficticios marcados por lo inexplicable de su no acción como el mariscal Kutúzov o por lo injusto de su suerte como la abrupta muerte del joven Petya. Es la infinidad de cosas la que mueve al mundo no una sola voluntad, nos diría Tolstói, sin aproximarse a una promesa de liberación.


Tolstói perfila al Dios cristiano, pero nunca lo pone al frente como quien quiere hacer un cierre explicativo de todo. Es como si nos dijera que las respuestas no están en él, en el mejor de los casos, están en el amor a Dios, en el amor al prójimo, en el amor al enemigo, tan solo como consuelo y brújula ante la falsedad de nuestras ilusiones de control.


Al final creo que detrás de la falsa ilusión de control que tenemos como género está una historia que quiere ser escrita con grandilocuencia y heroísmo, cuando el heroísmo real es más silencioso de lo que aparenta, detrás de la falsa ilusión de control, se esconde, también, una pulsión de dominio que quiere disponer de los otros, como si las voluntades individuales fueran una mera cuestión de agregación. Ahí yace la bella humanidad de la novela, en reconocer que las voluntades son dispares y heterogéneas, y que ningún, hombre, ni ningún motivo histórico o político habrá de agregarlas como un monolito, sin reconocer que la contingencia, lo aleatorio, lo indescifrable lo inconcebible juega un papel más poderoso que nuestro deseo de que las cosas sean como nosotros queremos que sean.


Quizás leer a Tolstói hoy no es otra cosa que reconocer el límite de nuestra inquebrantable voluntad y la fragilidad que nuestra ignorancia vital implica.

 


“No hay nada más seguro salvo la insignificancia de lo que soy capaz de entender y la magnitud de algo incomprensible, pero muy importante.”

León Tolstói.

Guerra y Paz







Créditos de foto:


 




 
 
 

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